» Crónica del hincha académico

La fiesta está en otra parte

La fiesta está en otra parte

Uno grita desde el fondo de la combi que hay que ir a recuperar las Malvinas y otro, sentado en el primer asiento, botella de plástico cortada con fernet adentro, los ojos desorbitados y la voz ronca de tanto cantar como en la tribuna, contesta sin dudarlo un instante que él se prende. Algunos le festejan el chiste pero las ganas de comprometerse con la soberanía nacional duran un suspiro. Madrugada sobre la Ruta 2. Faltan más o menos 20 horas para que Racing enfrente a Aldosivi en Mar del Plata. 

Omar sube a la camioneta y se lleva puesto todo lo que tiene por delante. No es agresivo. Sólo está en pedo. No lleva mochila. Sí una caja con seis botellas de vino para compartir con la banda. El Chacho Coudet no es el conductor de este equipo que tiene la formación confirmada: mujeres y varones que oscilan entre los 25 y los 40 y que, más allá de la pasión por la camiseta, comparten una serie de rituales sobre cómo vincularse con esa identidad que les marca la agenda y la piel. Por supuesto hay un parlante y por supuesto la música suena a toda potencia como si el acontecimiento central de la jornada fuera el viaje hasta la ciudad balnearia. El alcohol circula de mano en mano, los chistes se repiten con el acompañamiento de carcajadas estruendosas y las conversaciones nacen, viven y mueren a un ritmo frenético.  

Ni media hora aguantan sin demandar una parada para ir al baño. Levantan la mano, como si estuvieran en la escuela, para que quede claro que la necesidad de detenerse es colectiva. La cerveza hace su laburo y es difícil intuir cuánto puede durar la travesía. Un grandote de La Plata hace una confesión digna de un niño: “Me gustaría tener una vejiga así de grande”. El “así de grande” queda delimitado por el espacio que cabe entre sus brazos extendidos. El fútbol, todavía, no asoma como tema. No interesa mucho aún si Cvitanich va al banco o si juega Pol Fernández o Solari. Un señor más grande, que oficia de inútil consejero de buenas costumbres, trata de que se hable de la pelea por el título. No consigue que le presten atención. Quizás más cerca del partido, eso sí. Ya se avisó: la fiesta está en otra parte.

Que se entienda. No hay banderas. Tampoco referencias a posibles enfrentamientos con hinchas de otros clubes. Reina la paz siempre que se deje afuera del concepto de paz los golpes de puño contra el techo de la combi. Cuando el chofer se queja por el instrumento de percusión improvisado, se acepta a regañadientes la indicación. Uno se anima a sugerir que le gustaría dormir. La demanda no surte efecto y el joven se hunde en el fastidio mientras alrededor nadie repara en que ya son casi las tres de la mañana. Las heladeritas, estacionadas en el pasillo del vehículo, son testigos de cómo las abren y las cierran en busca de más bebida. Todas y todos están ATR. Tan ATR que la consigna es tomar hasta que no quede nada. Suele ocurrir que el aguante es desigual y la consecuencia, obvia: una chica avisa que se siente mal y el vómito se precipita antes de que se pueda evitar el desastre.

La Avenida Peralta Ramos ofrece una vista maravillosa del amanecer. Difícil concentrarse en el color del mar porque lo urgente es escaparle al olor nauseabundo. El inútil consejero de buenas costumbres mira azorado el paisaje y trata de comprender cómo es posible que todos los caminos conduzcan a estrellarse. No lo llama la cultura del reviente pero más o menos. Pregunta cuánto influyó el arrollador neoliberalismo de los noventa en la construcción de comportamientos que invitan a escaparse de una realidad repleta de desempleo y de miseria. Indaga si es correcto echarle la responsabilidad únicamente a los modelos de país que pretenden que los ricos sean más ricos y los pobres sean más pobres o si se deberían buscar otras respuestas, en el marco de una sociedad cargada de frustraciones cotidianas, para entender los sentidos que se esconden detrás de una práctica que está naturalizada en las tribunas pero también en más lugares que en las tribunas.

Ni pedante ni sentencioso, el inútil consejero de buenas costumbres sabe que la clave pasa por descubrir las razones que invitan a ingerir lo que sea y como sea hasta que el cuerpo diga basta. La descalificación generacional, de clase o intelectual, tan cómoda al momento de criticar la incomodidad, poco puede aportar a esclarecer una rutina que se repite domingo a domingo. Mientras tanto, la combi va cargando combustible porque la próxima aventura está en camino. Sólo habrá que tener el tanque lleno por si alguno más se prende en la hazaña de recuperar las Malvinas y da para hacerse una escapada.

 

 

Foto: Camila Lev.

Publicado el 26/01/2019
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