» Por Matías Petrone

Los chicos no lloran

Los chicos no lloran

Los chicos no lloran. Nadie sabe bien por qué, pero no lloran. O por lo menos no lo hacen en público. Casi nunca. Y, en tiempos donde se volvió mucho más fácil cuestionar preestablecidos, hay que insistir: nadie sabe bien por qué. Quizás algunos todavía vean al llanto como un símbolo de debilidad, que puede generar cierto pudor. Algo de eso dejó entrever Lisandro López en la última conferencia de prensa que brindó, cuando explicó por qué sus compañeros cantaron “que de la mano de Licha López, todos la vuelta vamos a dar” en el vestuario visitante de la cancha de Independiente: “Me vieron medio maricón y me quisieron joder”.

 

Se calentó porque se filtraron los videos de aquel vestuario. Cuando lo quisieron frenar en el campo de juego para hablar con la televisación, después de su corrida histórica, del gol de Zaracho, de un montón de besos y otro montón de abrazos, dijo rápido y sin mirar a la cámara: “Estoy muy contento, muy emocionado”, y se metió en la manga. Una semana después, en el Cilindro, ni bien terminó el partido contra Estudiantes, Licha repartió abrazos mientras que 38 mil hinchas cantaban “que de la mano de Licha López, todos la vuelta vamos a dar”, aunque esta vez los que cantaban no lo habían visto medio maricón, porque es muy difícil distinguir las emociones de un rostro desde la distancia que hay entre las tribunas y el campo. Pero estaba tan emocionado como hace una semana. Levantó los brazos y aplaudió a la hinchada durante su cansina caminata hacia al vestuario, con los ojos que parecían de vidrio, espejados y con los contornos enrojecidos. Las imágenes que capturaron para siempre las cámaras de fotos muestran a un tipo que está peleando para contener unas lágrimas que se le quieren escapar, y que está a punto de ceder. Pero los chicos no lloran, aunque nadie sabe bien por qué.

 

Lisandro quiere que Racing salga campeón más que nadie en el mundo. O por lo menos esa es la sensación que deja cuando se pasa los segundos tiempos de cada partido permutando posiciones con los laterales y persiguiendo rivales hasta zonas increíbles del campo, haciéndonos dudar de si realmente tiene 36 años recién cumplidos. Esa imagen de Licha se puede comparar con la del tipo que está peleando para contener unas lágrimas que se le quieren escapar de los ojos que parecen de vidrio, espejados y con los contornos enrojecidos. Porque en ambas, Lisandro está haciendo un esfuerzo que conmueve para cumplir un objetivo. La diferencia está en ese objetivo. Uno es salir campeón y sacarse de encima esa mochila que él mismo se cuelga todos los días sobre los hombros. Y el otro es no llorar, porque los chicos no lloran, aunque nadie sabe bien por qué. Tal vez ambas luchas terminen al mismo tiempo, y difícilmente Licha pueda ganar las dos.

 

 

Publicado el 05/03/2019
Ir hacia arriba »