» Columna de opinión por Ezequiel Scher

El largo camino de Solari hasta el gol del campeonato

El largo camino de Solari hasta el gol del campeonato

Dos días después de que Ramón Díaz lo hiciera debutar como titular en Primera, en una tarde sanjuanina en que se registraron 50 grados de sensación térmica, Augusto Solari mordió una tostada untada en dulce de leche en un bar en Las Cañitas y recordó que su abuelo, uno de los cinco cerebros más ilustres del fútbol argentino de los últimos 50 años, le dijo que lo mejor era debutar lo más grande posible. Porque cuanto más tarde se llega más preparado.
 
Tenía ansiedad. Veía cómo chicos de 17 o 18 años pisaban el profesionalismo y a él, con 20, no le tocaba. Vivió inferiores en River al mismo tiempo en que Erik Lamela, Manuel Lanzini, Eder Álvarez Balanta, Germán Pezzella, los mellizos Funes Mori, Daniel Villalva, Leandro González Pirez, Ezequiel Cirigliano, Esteban Espíndola y Gaspar Servio. Su categoría, la 92, fue tetracampeona en juveniles-. Nunca es fácil ser parte de las dinastías: su abuelo es Jorge Solari -el verdadero Indio-, su tío es Eduardo Solari -campeón como jugador en Rosario Central, entrenador de 14 equipos, incluido Racing en 1993-, su primo Santiago fue el último técnico del Real Madrid, sus otros primos David y Esteban también fueron futbolistas, y su tío es Fernando Redondo. Pero Augusto ya sabe para siempre que es cuestión de esperar y no abandonar.
 
Eso pensó unos días antes de que Racing perdiera contra River por la Copa Libertadores, en agosto de 2018. Había vuelto de la pretemporada y no se hallaba. Apenas tenía lugar en los momentos en que Eduardo Coudet probaba jugar con cinco defensores y entraba como carrilero. Ya Marcelo Gallardo, en tierra Millonaria, lo había probado como lateral derecho y no lograba sentirse cómodo. En Estudiantes, por izquierda y por derecha, se había reencontrado con la mitad de la cancha. En la Academia, estaba sin lugar, pero se sentía con paciencia. Cuando jugaba de mediocampista, el entrenador pretendía que se cerrara como interior y dejara la banda libre. Le costaba cortar el vicio de velocista por los costados. Era aprender a controlar con menos espacio. Atacar por adentro. Jugar a un toque. “Lo que más le destaco a Chacho es que te mejora”, contó, en el entretiempo de Gimnasia-Racing, en La Plata, mientras se jugaba la primera final de la Libertadores Superclásica. A los 27, Solari puso en discusión la teoría de que no se aprende de grande: en el partido contra Tigre, en las paredes que revocó con Renzo Saravia, demostró haber aprendido la lección, teniendo 17 combinaciones entre los dos.
 
Augusto tuvo el olfato de florecer cuando nadie lo esperaba. Lisandro López declaró que había que ir por el campeonato. Ricardo Centurión y Gustavo Bou cambiaron los lugares por Jonatan Cristaldo y por Solari. El Racing del torneo empezó a moverse al ritmo del joven formal y aplicado, de raya al medio, famoso en el Departamento de Literatura del colegio de River por haber hecho el mejor trabajo práctico sobre el Martín Fierro que se recuerde en dicha institución. Fecha 4: gol y 2-0 a Rosario Central para agarrar la punta hasta siempre. Fecha 5: asistencia a Jonatan Cristaldo y 1-0 a Lanús. Fecha 6: gol y 1-0 a Unión. La formalidad pagaba la confianza.
 
Pero Augusto no es oficinista. En inferiores, pedía usar la camiseta 14 por Johan Cruyff. Lo enamoraba la historia de la Naranja Mecánica. Leyó las biografías y la autobiografía del crack del fútbol total. Se enganchó con los policiales del suizo Joël Dicker. Se formó con psicólogos deportivos e incorporó al coaching como herramienta. Hizo, desde siempre, las rutinas físicas que le envió su madre, especialista en la materia. En River, le preguntó a Pablo Aimar todo lo que se pudiera saber de la pelota. Hasta tomó clases de dibujo con Sebastián Domenech y publicó su primera obra en el libro Pelota de Papel 2, donde ilustró un cuento.
 
Algo de paz le dio la llegada de Renata, su hija. No toda. Tras errar el penal contra Corinthians por la Sudamericana, Augusto sintió que no estaba disfrutando los partidos. Contra Colón, en Santa Fe, tuvo un ingreso desordenado pero en plena valentía tiró un centro que atrapó Alejandro Donatti y que terminó en gol de Darío Cvitanich. Eso podía aliviarlo, pero contra Belgrano volvió a pasarle. Erró, en el primer tiempo, 9 de 15 pases que intentó. Corrió sin parar. Coudet lo sacó en el segundo tiempo, Lisandro se acercó a abrazarlo, el estadio entero lo aplaudió y él salió insultando por lo bajo. El entrenador lo elogió en conferencia de prensa y, aún así, nadie podía calmar su furia. Los quince días de parate por Fecha FIFA le sirvieron para tranquilizarse. Contra Tigre, hizo el gol del campeonato, fue una de las figuras de la cancha y a la noche, cuando volvió a su departamento y su mujer y su hija dormían, se acostó y sintió que disfrutaba.
 
A Augusto le quedan montones de sueños. El tiempo, aunque pase, puede ser absurdo. Diego Milito, al terminar el secundario, hizo dos años de la carrera de contador, como su abuelo materno, porque tenía miedo de no llegar a Primera y tener que dedicarse a otra cosa. A los 31 años, dejó sentado en el suelo del Santiago Bernabéu a Daniel van Buyten, hizo dos golazos y el Inter ganó la Champions League a Bayern Munich, después de 45 años. Acaso Solari sea una parte más de la metáfora de la mitad celeste y blanca de Avellaneda, que esperó 35 años para volver a salir campeón y que 20 años después de haber quebrado ya lleva tres títulos en el siglo XXI. 
 
Quizás ahora pueda recordar lo que le dijo su abuelo, valorar la paciencia y saber que, a los 11 minutos y 45 segundos del segundo tiempo de una tarde noche en Victoria, cuando cuatro jugadores de Racing y ocho jugadores de Tigre empezaron a caminar al lado opuesto porque dieron por muerta una jugada, él se quedó ahí parado, esperando y corrió para agarrar un rebote y quedar en la historia.

Publicado el 03/04/2019
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